Mirando en sus ojos uno encuentra un mundo infinito, un mundo sin prejuicios, un mundo de dulzura, es un mundo que atrapa la belleza de un futuro que muchos han dejado de mirar.
En las manos de los niños se encuentra la capacidad de hacer de una colchoneta: una isla, una fortaleza, una pequeña cama, hasta una computadora. Sus corazones -llenos de alegría y asombro con el mundo que descubren a cada instante-, laten con tanta velocidad que semejan un pequeño colibrí a pleno vuelo.
¿Cómo mantener su inocencia?, ¿cómo hacer para que sus ojos asombrados, no pierdan nunca ese deseo de aprender, de mirar, de ilusionarse y desear?
Sus rostros límpidos, su boca siempre dispuesta a decir verdades, a cuestionar ataduras sociales. Ellos son la posibilidad infinita de enseñarnos a crecer, de ser mejores personas.
Con dolor nos desgarramos las entrañas sociales cada vez que robamos la inocencia de nuestra infancia, cuando negamos la posibilidad a miles de niños de vivir, de convertirse en seres humanos plenos… nos desgarramos cuando les arrancamos el futuro, cuando les lanzamos a las cloacas o a basureros, nos suicidamos socialmente cuando dirigimos nuestro odio hacia los niños.
La muerte social, es una oscuridad que nos envuelve…
Es en los niños donde aún se puede mirar esperanza para un nuevo amanecer.










